Por Bernardo Humberto Govea Vázquez*
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Cuando tenía cinco años, no lograba dormir en las noches. Un demonio que salía de los zapatos hediondos de mi hermano me atormentaba: movía mi cama de un lado para otro, prendía y apagaba la luz, además de jalar mis cobijas, pellizcar mis pies, brincar encima de mi cama, y pedorrearse en mi cara. Yo por más que me esmeraba en rezar tres padres nuestros, cinco aves marías, aquel ser no se iba; utilicé el arma secreta que toda abuela aconseja: diez credos, sólo que al séptimo el sol aparecía y mi tormento ya no era el espanto, sino tener que ir a la escuela. A todo esto mi hermano mayor que dormía a un lado, nunca se perturbó.
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Al comentarle a mi Papá, su consejo fue no ver tantas películas. Mi mamá alegó que sería pasajero, igual que mis amigos imaginarios.
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Encontré consejo con mi abuelo, él primero me habló de la importancia de lavarse las manos, antes de… y después de…, también hizo comentarios sobre mis tareas, la maestra, los dinosaurios, el fútbol, su novia de la esquina, las tetas de una vecina; todo me causaba risa. De pronto, la información que anhelaba “Méntale la madre a tu demonio”. Después me contó el porqué de su consejo:
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En mi pueblo Tarajundillo el chico, había un camino muy difícil de andar, por la gran cantidad de piedras resbalosas; además se juraba por todos los santos, que por ahí rondaba el mesmo diablo. Una noche fría de esas que te congelan el culo, al padre Trinidad se le apareció el diablo, se dirigía rumbo a la casa de Doña Ascensión, (dicen que la visitaba mucho, ya que ella así lo pedía.) Nuestro padrecito rezó y rezó, ¡pero valió madre!, el maldito chamuco se lo cargó con todo y sotana. Sólo encontraron sus calzones.
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Unas noches después yo fui a hacerle un encargo a la doña, que Dios la tenga en su gloria (Al decirlo se santiguó); pos como te decía, mijo, iba yo un poco tomado, pos tomé unos tragos, y como es natural, me puse a miar; cuando estaba dedicándome a lo mío, se dejó sentir un fuerte olor a azufre, también sentí que alguien me pellizcaba las nalgas. ¡Qué chingaos! Pos que me agarro mentando madres a ese chamuco de la chingada, y mire mijo, “santo remedio”.
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Con los años me enteré que esa tal Asunción tenía una casa de putas.
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Estaba decidido, aquella noche mi problema se resolvería. Mi error fue contarle a mi hermano, el cual me regañó, alegó que el decir “malas palabras” es pecado mortal y que me iría derechito al infierno. Me lo repitió tanto y tan creíble parecía que no supe qué hacer.
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Tomé consejo de las personas más enteradas en el tema de las maldiciones: otros niños. Aquellos escuincles pasaron horas diciéndome una serie de palabras y frases a emplear:
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“¡Hijo de puta, Mierda, Sacamocos, pinche pendejo inútil, culero, cabrón, comepedos, hueleculos!”
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Una frase en especial, me decían era necesaria a la vez que infalible: “¡Pícate el culo con un poste de luz!”. Yo era un niño de mami; no quería emplearla. Hice mi lista de frases enumerando del uno al cinco, la última sería para un caso extremo:
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1 caca de vaca.
2 mierda
3 vomitada de borracho
4 joto
5 ¡Chinga tu madre!
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La demás niños estuvieron en contra de mi listado por considerarlo “de mariquitas”, pero no me importó.
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Esa misma noche con mi lista en mano, traté de dormir. Al aparecer el demonio, me asaltó el conflicto religioso. – Si lo insulto, me iré al infierno (como el abuelo, según mi familia) si no, me molestará toda la vida. ¿Qué hacer? ¿El catecismo o la lista? Cuando el pánico venció mi fe, las palabras salieron de mi boca. ¡Nada! Las cuatro primeras no tuvieron éxito, sólo faltaba la quinta, la grité desesperado, acompañada de algo más: “¡Chinga tu madre, pinche demonio hijo de puta!”. Todos despertaron en casa con mi serenata de palabrotas, para regañarme y ponerme una barra de jabón en la boca. De aquel método pude decir orgulloso, “santo remedio”.




Me gustaron mucho el cuento y la ilustración.
Amalia tu dibujo me agrado aunk lo sentí algo recargadito, creo k le falta algo de más color k refiera a la idea del diablo, el amarillo está muy bien pero creo k se te pasó tantito la mano. Me fascina que realizas muy bien las proporciones de los rostros, he visto otros trabajos tuyos y me parece que vas por una excelente ruta para encontrar tu estilo, lo cual en el caso del arte es lo más complicado de entontrar para un artista. Berna, como siempre, tu pluma maneja con maestría las cuestiones de lo infantil, tu literatura infantil es digerible y fácil de entender. Sólo al finalizar el cuento me parece que lo apresuras y pierde fuerza pues siento que lo cortas de tajo. Fue mi impresión o cortaste de tajo el texto por motivos externos al texto. En tí encuentro un estilo claro de tu literatura al leerte en dos distintos géneros. Saludos a los dos.
Posdata me disculpo por el manejo de las palabras sin un orden preciso pues estoy en la oficina y ando, dicen, trabajando ajajaja saludos.
Que onda Amigo a ver cuando me visitas en la hermosa ciudad de Toluca, para hacer otro corto, me dio mucho gusto leer tu cuento,..,Saludos y ver que dia vienes a ver a Carlillos, para dar el rol