Por Julián Álvarez*
EXVERGO
Debido a los próximos cambios en mi vida (dice mi vecino y ex funcionario del IFE en Querétaro que le puse “pinche puto” al cuadro de un candidato a la presidencia de la Repúb(l)ica y fue válido a su favor en vez de nulo), desaparecí un buen de tiempo de las redes. La vida en Austin me prepara muchas madres que no puedo resolver ni de a perrito con una tanguera en un jacuzzi improvisado como pozo para calentar barbacoa…en resumen, las putas elecciones fueron la peor cruda de mi vida, creo que jamás me había sentido tan mal en mi vida desde que me pegaron ladillas nomás por jalármela en el teibol. Por eso decidí cumplir la promesa que hice con la Revista Deliberación. Entregaré tres crónicas como despedida del sitio. Quiero cerrar un ciclo. Ya cumplí y los de acá (Deliberación) deben reformar su producción editorial, tuvieron buenos tiempos, pero se estancaron junto conmigo. Me despido no sin antes agradecer a mis lectores anónimos. Estoy seguro que algunos me leen con la misma paciencia de un puberto que se moja solito en las madrugadas. Aquí la historia de cómo me hicieron filmar una porno en una chabola de la ciudad.
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1) Un agosto de 2010: en una pulga de la ciudad de Querétaro fui a buscar unos convers amarillos, algo que me hiciera sentir en casa y no esclavo de las compañías de telemarketing. Debajo de un puente peatonal noté el olor de la mota, no sabía de quién, pero era claro que alguien estaba quemando como un señor feudal a las nalgas de una sierva. Cerraron la puerta de la chabola donde vendían dvds piratas, supongo, para despistar el tufo narcótico en el aire. Nada interesante…solamente unos videos sin portadas, escritos con marcador permanente. Me acuerdo muy bien de tres títulos: Las emperatrices de El Carrizal, No me chupes los granos si no se te para y, mi favorita, Culonator Z: el día del ano final (salen un Gokú prietísimo y un gobernator capado para ser princesa del futuro). Desde ese día, tuve desconfianza de mis vecinas. También de los moteles. Hasta cuando estoy en el baño pongo la uña en el espejo para comprobar si el mismo es auténtico y no hay nadie que me graba jalándomela con mi muñeco del pato Donald, como acostumbro hacerlo: confesarlo no es el pedo…que te quiten la imagen secreta es lo trágico. No me ha pasado nada. Hasta ahora.
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2) Varias semanas después de agosto en un bar de alunizaje: me compré los convers amarillos. Se veían cafés por intentar cambiar el aceite del carro de mi vecino (por eso nos hicimos amigos y me contó el chisme de mi voto). Ese día cometí el error de conectarme en el Skype y llamar a la inombrable: Brenda…todavía me duele, y me duele más descubrir que una mujer normal puede ser más puta que las putas, sobre todo las que se creen transgresoras del orden. Nunca aprendí a tratar las mujeres normales. Se me hace que fue por imaginación: mía o de ellas, da lo mismo, los dos lados nunca supieron imaginarse cogiendo con amor. A lo mejor coger y amar es imposible en este planeta. El color de mi piel siempre me delata con las güeras cuando quiero que sean mis mujeres. Cuando amo me sale sarpullido y comienzo a cagar seguido, como si tuviera diarrea o las sales de la purga estuvieran comiéndome el colon. Hablaba con ella de literatura, fui a una que otra protesta a favor de los animales con ella en la Jungla de (te)Timo en Monterrey (¡si conociera al perro violador!), dejé de ir al teibol porque pensaba que era pecado engañarla con los ojos, incluso llegué a dejar de jalármela por miedo a quemarla con la resequedad de mis manos, pues casi nunca me las lavo cuando lo hago. Me fui porque me mandó a la chingada. Me habló para ser amigos. Tengo que admitirlo. Me gusta el masoquimo pedorro. Una vez perdí la oportunidad de cogerme una tanguera embarazada solo porque me pidió que la invitara al cine.
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En fin…así, en esa oscuridad que ofrece la estupidez en busca de la power ranger rosa de tus sueños (ella fue mi primer amor platónico), le colgué cuando le pedí que nos casaramos. Ni siquiera esperé su respuesta. Salí de mi departamento rumbo a ese bar donde todas te piden cerveza, perico y un colchón para sobarte. No tuve suerte. Las veces que uno comete ese tipo de humillaciones jamás se tiene redención. Ocurren las peores cosas. Por ejemplo…cuando no quedaba nadie más en el bar, me le acerqué a una chaparra gordibuena con su mechón amarillo o blanco. Le dije sin remordimiento: “¿nos vamos? Quiero coger, tengo baro, te pago, pero ocupo que me abraces y digas ‘acepto’. ¿Qué te parece? ¿Te puedo decir Brenda?”. Y me dijo que sí, pero que iba a recoger primero una amiga suya porque me veía muy triste. Como dije…nunca pasan cosas buenas en esas situaciones de grave humillación.
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Salimos del bar. No sé a qué parte de la ciudad nos dirigimos. Cuando llegamos vi unas chabolas en forma de laberinto, mucho maíz tirado en la entrada cerca de un tronco de ébano. Me pareció más extraño ver un tronco de ébano para sentarse ahí que ella jalándome del brazo. Escuché de lejos al taxista “ya valiste verga, amigo”. Fuimos por su amiga, pero no había amiga, ¡caray! Al terminar ese laberinto-vecindad-favela queretana, un hombre grueso, bajo de estatura, con un dedo menos en la mano, a lo mejor por ser carpintero retirado de jotismo, me sacó una pistola: “¿qué haces aquí?, dame tu cartera…a ver”. Estaba tan pedo y triste por lo que le dije a Brenda en el Skype que se me salió contestarle: “no sea malo, poli (¿poli?)…déjeme para el taxi, tengo trabajo mañana”. Alcancé a escuchar lo siguiente: “bueno…ven para acá; si me ayudas, te regreso la mitad de tu dinero”. Dije que sí.
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3) Día de acción de gracias: varios de mis compañeros de trabajo me invitaron a ver un partido. Jugaban los patriotas de Nueva Inglaterra contra los Leones de Detroit en el clásico del Día de (co)Acción de Grapas. Para ese tiempo me gustaba una de mis compañeras porque se parecía a Brenda, al menos en el culo y la sonrisa, no así en la plática. Yo no sé mucho de Americano, pero al menos irle a los patriotas me daba la misma hipocresía para entablar una conversación común: Tom Brady. Quise vestirme guapo para la ocasión. Antes de llegar con ellos a la peda, me fui derecho a la pulga para buscarme un jersey de los patriotas, de preferencia el 12 porque no me sabía los demás números y posiciones. Bajé de nuevo el puente peatonal cerca de la rústica expendedora de dvds caseros. Quise comprar la de Culonator Z y otra para ver algo distinto al Red Tube y el Youporn, pero más cercano a mi ciudad. Que pongan el nombre de la colonia te hace imaginarte a las perras cogiendo al mediodía mientras caminas de regreso al trabajo después de comer. Compré una que se llamaba Amores pelos. Pasó el partido. El fin de semana quise ver las películas. La primera fue muy buena. En la segunda salía yo en una habitación, pedísimo, ahogado en la panocha de una anciana. Casi ni se me paraba de tanta peda filtrada de los poros. Fueron diez minutos de auténtica miseria. Aún así, pedirle matrimonio a Brenda es lo peor que me ha pasado en mi vida. Había special features. El asaltante y productor me despedía cuando tomé el taxi. No traía pantalones. El director tuvo la decencia de que no saliera tanto mi cara.
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*Julián Álvarez es licenciado en sociología. Ha ganado un par de premios literarios con pseudónimos como “Julián Álvarez” y “Silvina Lozano”. Vivió gran parte de su vida en Nuevo León, pero ahora disfruta de Querétaro por su clima y porque huele menos a fútbol en los sábados.



