Por Jonathan Gutiérrez
Contrario a lo que afirma Denisse Dresser, partiendo del postulado de Adam Przewoski, la democracia no es conflicto. La democracia es, en pocas palabras, un salto metafísico. Por esta razón, podemos entender la democracia como la institucionalización de la metafísica colectiva (porque son muchas o, de acuerdo a la metafísica mexicana contemporánea, un chingo). Robert Trives menciona que los seres mejores adaptados son aquellos con la mejor capacidad para mentir, particularmente los que pueden mentirse a sí mismos: la ausencia subjetiva-visible de supuestos mecanismos de defensa, es decir, por ejemplo, que mis propias palabras pueden ser parte de un autoengaño sin una sola marca evidente desde mí; esta cualidad humana es la que permite entendernos como objeto de toda disciplina.
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Dicho orden de pensamiento no significa que la metafísica sea la institucionalización de la mentira, más bien se trata de la institucionalización de nuestra finitud. Todo argumento es parte de un atributo humano en el desarrollo de la praxis: la violencia. Chaïm Perelman y L. Olbrechts-Tyteca mencionan: “La argumentación es una actividad que siempre trata de modificar un estado de las cosas. Eso es verdad, incluso en el discurso epidíctico; por eso es argumentativo” (Tratado de la argumentación). El principal fundamento del autoengaño en la democracia es la adhesión múltiple en un solo modelo: un atributo en mí, de uno o varios atributos del otro o la de un lugar en el cosmos frente a nuestra angustia presente en cada sonrisa cuando decimos “¿a qué madres se refiere este imbécil que padece la verborrea más vergonzosa desde Jacques Derrida y Conan Big en ‘Las noches del fútbol’”).
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Contrario a lo que puede pensarse del universo, éste sí tiene complejos: la condición de ser observado, imaginado y transformado. Una actitud extrema del espíritu científico y del filosófico lleva consigo la aniquilación del universo: falsear hasta el cansancio, la falta de un narciso que construya, por ello, la necesidad de una pragmática que regenere la vida en un suicidio frente al estanque. Ya le pasó al comunismo, al neoliberalismo, a Dios y Jaime Maussan. En la democracia no aspiramos a la verdad, sino al azar de nuestra incompetencia competente (porque a pesar de todo funciona). En conclusión, las elecciones son un acto donde lanzamos una moneda al aire. Lo importante en esta institucionalización de la metafísica es observar las siguientes posibilidades: 1) si la moneda sigue en el bolsillo, 2) si mi mano no es esclava de la moneda o 3) si la moneda está en el devenir y puedo construirla en el triple presente (pasado, presente y futuro) y crear un espejo de autoengaños con el que mida el propio. A final de cuentas, coleccionamos el vacío en todos nuestros argumentos. ¿Dónde está la moneda? No hay jerarquías en el acto.



