Arte y Cultura — Martes, 10 de enero del 2012 12:02 am

Sobre la interpretación del arte

Escrito por Redacción

"San Juan en el desierto" de Doménico Veneziano (Fuente: http://deplatayexacto.wordpress.com)

Por Eduardo Zeind Palafox*

 

No se deje en el olvido que toda interpretación, es una traducción. Hay, como dijo Borges, milongas intransferibles. Hay alfombras para los dioses, llamadas pinturas, que jamás podremos voltear o mover para mirar sus remaches. Si lo hiciéramos, nos arriesgaríamos a ser castigados por alguna deidad caída.

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Para clavar los sentidos en una obra de arte, tenemos que lanzarlos de manera perspicua. Aboguemos por De Quincey: “A mode of truth, not of truth coherent and central, but angular and splintered”. En el gran arte, no hay verdades absolutas. Sin embargo, tampoco hay relativismos. Entonces, es necesario definir cómo es el gran arte.

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El gran arte sublima, paraliza, obliga a nuestro aparato sensorial a remitirse a otros recursos. La pintura que excede o supera al aparato crítico del ojo, lleva sus colores hasta la piel, hasta el oído, hasta la boca. El azul llega a mojar, a reventar como ola, a saber salado. Y lo hace porque es directo y claro en sus intenciones. El arte verdadero es duro y transmite sentimientos nítidos. Es como el pájaro azul de Rubén Darío, que en vez del cielo, eligió un lugar más grande: la cabeza del hombre. En él no hay rodeos o circunloquios. Artista, canta para ti mismo, como Walt Whitman, y engendra poesía desde tu fondo, que sólo para ti se convierte en arco guerrero.

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Este efecto, que provoca la sensación de defectuosidad en el espectador, de poquedad, lo podemos encontrar en Homero, en Swedenborg, en Villon o en Henry James, así como en Zola, en Balzac o en Shakespeare. En toda esta comunidad de literatos, detectamos una verdad angular, rota, una que está ahí, imperfecta pero nítida, sucia pero sólida. El musgo sobre la piedra no amortigua el golpe.

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Poniéndonos enfrente de la Infanta María Teresa, de la escrutada por Velázquez, no entenderemos qué fue lo que quiso decir el artista. El que intenta intercambiar algo con el arte sin entrenarse antes para ello, es el hermano del que se queja porque los niños de un año de edad, no comprenden su francés de Baudelaire. Escúchese bien, pues no sólo he dicho “francés”, he dicho su-francés-de-Baudelaire. Este francés, su francés, que sería el facsímil de la panoplia de tonos verdosos remojados en el viendo y en la luz que apreciamos en la Infanta, tiene giros, profundidades, quiebres, ascensos, en fin, movimientos sutiles que el oído sin avezar, no alcanza a registrar. El artista sabe parar su corazón para escuchar.

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Estos movimientos, se llaman intenciones, que son las cuerdas tensas del alma. Y el alma puede definirse, no dibujarse. Si el artista es alto y ancho, es porque tales cuerdas han sido llevadas o estiradas al máximo. Y los culpables de estos estirones, son los dioses como Atenea o como Apolo, que se pelean, jaloneando el Ser de los Ariostos, de los Fletcher o de los Shaw, para adueñarse de tales riquezas.

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Así se comprende por qué, cuando un hombre como Dalí, como Byron o como Da Vinci llega a algún café, invade, con sus sentidos, el espacio. El artista, es como afirma un epígrafe de Poe, pues es un laúd que apenas es tocado, suena. Ni la corte de Ludovico Sforza se eximió del influjo de Leonardo.

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Interpretar es un intercambio, una disponibilidad, una apertura para asimilar y para dialogar. La Infanta, aunque nos mira con desprecio y airada, nos mira con atención, es decir, atendiéndonos, sirviéndonos de espejo. Los adornos en su peinado, bellas geometrías voladoras, por sí mismas, ya son una obra de arte. Si las mariposas enmarcan al peinado, el peinado enmarca al rostro y el rostro a los componentes del rostro, que combinados, forjan el gesto de la niña.

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En la poesía de Baudelaire o en la gran poesía de todos los tiempos, la rima enmarca al metro, y el metro a la cadencia, y la cadencia, a la idea. El verso libre, no es libre para el que quiere hacer un buen trabajo, decían los poetas norteamericanos y amigos de Eliot. El verso libre, es un verso que se controla a sí mismo y que no necesita de la inteligencia del autor para contener su longitud. Una inteligencia extraña, opera detrás de los buenos libros, argüía Old Ez.

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El exceso en la precisión de las palabras, de los trazos o de los tonos, delata al diletante. Importan las ocasiones, pero no las minucias. Hablemos sobre el regreso del hijo perdido de alguien específico y no de los dramáticos regresos generales de los que se van. En la poesía de Carriego, encontramos estos ejemplos. Importa llenar los minutos con segundos, pero no eternizar cada segundo.

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Algo informe o inasequible, transforma a lo bello en algo sublime, si estamos de acuerdo con Francis Bacon. Si los sacrificios de los griegos nos resultan hermosos, es porque en ellos encontramos furia piadosa, odio honorable,  rencor ambiguo o heroísmo humanizado. Es como cuando oímos hablar a París: “Si hoy venció Menelao por gracia de Atenea, ya llegará mi hora, que también tengo abrigo entre los Inmortales”. El poeta, tiene que ser ruin y honesto, tiene que ser capaz de mirar al cielo, pero también tiene que disfrutar en la taberna. Elogiar a la locura con razonamientos romanos, es digno del artista. El arte mayor, es propiedad de los que poseen sistemas métricos infinitos. Medir con la regla escolar de treinta centímetros, tramo a tramo, los 15 693 versos de la Ilíada, nos conduce a la imprecisión, que en literatura se llama tartamudeo hermenéutico.

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La interpretación de la Ilíada, sólo tendría que ser accesible para los que buscan en el espíritu de los griegos la explicación de sí mismos. La poesía se memoriza y luego se relee con los ojos hacia adentro, como afirma la sentencia de Rilke. Pero al mirar hacia nuestro interior, tenemos que hacerlo con superficialidad, evitando, así, llegar hasta la mierda de los intestinos.

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El trabajo del carpintero es arduo, pues labora con una verdad astillada y que sólo será bella, lisa y oblicua, después de varias pulidas y barnices. El gran arte puede ser interpretado por cualquiera que sea grande. En un hombre de valía, de esos que tienen rostro marmóreo y hondos ojos para guardar lo que sea, la lectura de los clásicos no adquiere un tono pesado, difícil o diacrónico, sino un tono de igualdad. El hombre de talento, encuentra en Nietzsche la democracia. Hablar entre iguales, es la única vía para la interpretación real. Todo lo demás es explicación, narración, descripción o imitación, vil exégesis humana para ganarse la gracia de los dioses.

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Cuando los isabelinos reciclaban los argumentos de Eurípides o de Sófocles, lo hacían para purificarlos, para actualizarlos, para convertir la sustancia o la esencia de lo antiguo en una herramienta apta para la mano moderna, que es más débil, sí, pero más fina que la de los hombres de antaño. No se trata, maldición, de corregir a Dante. Se trata de hacer que la obra de Dante se interponga entre el mundo y la visión del hombre moderno, usando imágenes comprensibles para el ojo mecanizado, imágenes que le ayuden a romper el ritmo impuesto por el maquinismo. Por ejemplo, el San Juan en el Desierto, de Domenico Veneciano, es la reproducción de una vieja escultura, una imitación perfeccionada, un avance en el arte de Florencia, en la que Andrea del Castagno monopolizaba ciertas técnicas.

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Los sentidos sajones y modernos, repletos de ennuyé, corregidos un poco por Ezra Pound, por Joyce y por Yeats, interpretan únicamente aquello bien trazado, definido. Estos trazos y definiciones, son físicos y no eidéticos. El gran Wittgenstein se quejaba porque no sabíamos bifurcar la montaña formada por el lenguaje y por los fenómenos. En la altura de la cima, hay más definiciones sobre la gloria que piedras.

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Hemos transformado nuestras palabras, estirándolas, en líneas divisorias que categorizan a las pinturas y a la música que nos merodea. Las sonatas, hoy, son fantasmas que huyen para no ser encerradas entre líneas. Si las cosas no caben en nuestros moldes, cada vez más pequeños debido a nuestra apretujada vida en la ciudad, las desechamos. Podemos hacer que una cama también sea sofá, mesa, cancha de pin pon, restirador y hasta burro para planchar, pero no podemos hacer que la poesía de Walt Whitman se transforme en tocata, en pintura, en piedra o en libro de historia, como solemos hacerlo en la actualidad.

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El imitador, todo lo adapta a sus líneas de producción, pero no construye tales líneas. Trozar no es trazar. Walter Benjamin tenía razón cuando decía que la reproducción mecánica, le roba el alma a las obras. Y el que no esté de acuerdo, estará de acuerdo con la clonación humana.

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Es posible criticar una obra de arte cuando se dominan tres aspectos. Si dominamos la técnica, la historia y el tema, podemos emitir juicios. Y si no, a callar. Inútil resulta el enjuiciar un tomo de Dumas sin saber algo de Francia. Torpeza colosal la de opinar sobre la Rhapsody in Blue sin un espíritu teatral. Laxa actividad la de abrir la boca para escupir sobre la obra de Terencio sin conocer su saliva trabajada, que es su lengua. Podemos asegurar que una obra de teatro es blanda porque ignoramos la época en la que fue escrita. Hay piezas musicales paganas que nos parecen eclesiásticas por la escasez de nuestra fe. Un crítico puede escribir que tal o cual pintura, es la imitación de otra porque no ha comprendido la obra supuestamente imitada.

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Las grandes obras, son la asimilación de otras, apuntó Paul Valéry. También lo dijo Pound: sin los materiales literarios de la Toscana y sin los trovadores medievales, Dante no hubiera podido escribir como lo hizo. Conocer la técnica, es conocer los límites del arte. Conocer la historia, es conocer la semilla o la genética de una creación. Y conocer la temática, es entender las prohibiciones y las permisiones existentes en la ejecución. Además, envolviendo todas estas disciplinas, se encuentran la sociología y la sintaxis del arte, fragmentos del saber estético que estudian por qué una obra vino detrás de la otra y por qué nacieron en esta o en otra ciudad. Comprender el desarrollo del retrato, de la fotografía o del cine, es decir, tejer la secuencia que ha llevado a la humanidad de una a otra escena, de uno a otro drama, nos facilita la tarea de la interpretación y nos aleja de la injusticia en el arte.

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Ser injustos al lanzar un juicio estético, significa exigirle al artista algo que estaba más allá de su mundo. Para estas bagatelas, está la ciencia ficción o el género policíaco, que son géneros menores. El artista imagina hacia arriba, no hacia el frente. El artista se impulsa en sus pies, no en sus espaldas. Una obra de arte es una tabla que le pertenece a un puente, a uno que nos lleva hasta el otro lado de la fe, es decir, de la percepción, citando con extrañeza a Tennyson.

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Hay que anegarse en el arte sin negarse a morir. La mejor poesía, hace que lo fantástico nos muestre una nueva mecánica del mundo. Fastidiar con maltratos a la sintaxis, a la retórica, al pigmento o a la cuerda, sólo le está autorizado al que conoce las reglas, al que ha buceado en ellas, al que sabe cómo inflar sin reventar las expresiones, al que ha asesinado su personalidad para comportarse como lira, como lienzo o como roca herida.

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Es una falacia llegar a pensar que el cine o que la fotografía, sustituirán al teatro o a la pintura. Esto pasaría si el objetivo del arte, fuera el de complacer al público. Pero como el arte es, ante todo, la complacencia del espíritu, que no es otra cosa que nuestra inteligencia prefiriendo cierta actividad, lo anterior no tendrá lugar. En tanto que existan hombres con manos y pies, la delicia de pisar las tablas o de menear un pincel, no caducará. O como dijo Shakespeare, “hay regocijo en el Cielo cuando las cosas del suelo acordes y unidas son”.

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El artista no come tallarines para pintar tallarines. Lo dijo Althusser: el conocimiento del azúcar, no es azucarado. No dejamos rebotar las ondulaciones de Charlie Parker en nuestra cabina auditiva para transformarnos en un títere improvisado. El artista es un agujero negro, algo que manipula objetos para convertirlos en sujetos, en entes vivos.

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Como el arte es un mundo de desnudez, todos somos pobres en él. El gran arte, es como la camisa que heredamos de nuestros hermanos mayores, pues nos queda grande al principio. En ella aprendemos la técnica, a abotonarla, a anudar la corbata, a lucir las mancuernillas. O la aceptamos o nos morimos de frío. O la arremangamos y disimulamos su grandeza o nos exponemos al ridículo.

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El gran arte no pasa de moda porque jamás ha sido una moda, es decir, un modo económico de vida. Artistas habrá en las monarquías, en Jorasán, en las repúblicas, en La Condesa o en el anarquismo. El gran arte es una necesidad, es la concentración, en un espacio, de pensamientos y de energías acumuladas. Digamos que el arte,  como el hombre blanco de Jack London, es inevitable. Y lo que es inevitable, es inequívoco, porque está ahí, Per Sempre, como el nombre de la poesía de Pascoli, para lo humano, para que el individuo o el ciudadano, que no siempre vive entre espejos, se conozca universalmente en las manifestaciones extranjeras, que son más claras y honestas que las nacionales, pues la lengua natal, que es canto, a la hora de decir la verdad, es “barro mortal, cincel inepto”.

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*Eduardo Zeind Palafox, redactor publicitario, escritor.
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