Arte y Cultura — Jueves, 12 de enero del 2012 12:09 am

Crónicas de tangas: la historia interminable

Escrito por Redacción

"Bob esponja" (Fuente: juegos-bobesponja.net)

Por Julián Álvarez*

No tengo mucho que contar. Este año fue la primera vez que me la pasé exiliado en Querétaro lejos de mi familia.  Sin meter mucho rollo a mi anécdota de diciembre, me quedé trabajando en telemarketing. Después de los treinta años llega una serie de presiones sociales (y vaya que para alguien que estudió sociología eso pesa todavía más): los amigos se casan, a nivel burguesía la mayoría se fue al extranjero (mi mejor amigo está en Alemania cogiéndose alumnas de 21 años todos los semestres), los padres se jubilan o mueren, y la soledad se cocina en un puesto de comida ambulante antes de regresar a leer 4chan en el Internet.  Una vida que todo puto amo puede desear a menos que escriban una comedia con ello…en fin, licencia para colgarse con un cinto de “El laboratorio de Dexter” al estilo David Carradine.


Salí el 30 de diciembre no sin antes escuchar de parte de mi supervisor el siguiente aviso: “dice Raúl que si te cambia el primero de enero, mejor ven ese día y mañana descansa porque tiene un viaje con su familia a Irapuato…te lo pago, ya llevas años trabajando”. Me dio un billete de quinientos y al salir de ahí tomé un taxi rumbo al primer putero disponible a esa hora y distancia de la noche.  Pedí una mesa alejada de la pista. Había ahorrado el dinero de visita a Monterrey con el pretexto de enviar solicitudes de maestría y doctorado a varias universidades europeas. Al final me acobardé o el culo más precioso y blanco del sitio me hizo recapacitar el más grande de mis errores. “Dile a Tori que acá la espero. Nos traes una botella…bueno, a mí nomás una cerveza por lo pronto”. El mesero se llamaba Qucho, como el gato ‘yucateco’ de Don Gato y su pandilla. Era delgado y hablaba como chicano, por eso nos llevamos poca madre. A veces no me cobra su propina. Todo un caballero. Todo un hermano que comparte la delicia de rostizar el pollo en ayunas.


Tori vino conmigo completamente en pelotas, recién bajada de la pista, con un tono de piel que estruja mi verga con solo verla caminar de lejos hacia mí. Pocas veces en estos mundos es accesible ver un cuerpo como el de Arianny Celeste, pero en blanco. Casi todas las latinas han perdido ese tono como el de la nieve sin ponerse rojas por el sol. En un teibol barato como ése, es imposible toparte algo así o que dure más de una semana o mes sin aspirar a la élite. Benditas sean las recomendaciones de otras amigas. Benditos sean los europeos que se perdieron en la sierra. Benditos sean porque metieron la nutria para sembrar el resultado de sus eyaculaciones en mi billetera. Tori. La dulce Tori. Un mes de fantasía que todavía no se va a la chingada aunque permanezca ahora en el desdén o bien el dolor de una muerte en su familia.


Todo iba de maravilla el 30 de diciembre. Cogimos gratis (sin contar las promociones de privados/condón los traía yo desde el Seven/ la metida iba por su cuenta al mejor gusto de fin de año/coger como loba es un regalo de la naturaleza/a mordidas y el DIU apretándome el paso en cada meter y sacar despavorido al ritmo de las cumbias electrónicas). Los quinientos pesos se fueron en chinga. A la tercera botella Lucy, una compañera suya, le trajo el celular. Tori comenzó a llorar. Se fue sin darme una explicación. Al tercer palinuro, el éxtasis se convierte en una droga natural. Oyes voces en de tus pantalones. A veces las de Bob Esponja cuando mira una cangreburger o el Vitor albureando actrices en ‘Diez mexicanos dijieron’. “¿Lo sientes? ¡ERES TÚ!”, decía Tori cuando vibraba su panocha por dentro durante el tieso orgasmo que compartimos.


Se acercó a mí una mujer: Romani. Estaba completamente tostada. Me platicó de una serie de televisión sobre unos barrenderos que resolvían casos cotidianos con ayuda de un genio que salía del Afrin. No le hice caso. Me pidió que la llevara conmigo porque iban a correrla de ahí. No dije nada y otra tanguera se acercó con su celular y  también se esfumó por la puerta principal. Salí a comer unos tacos hasta que Tori me habló a mi celular. “Perdóname”. Estaba llorando. “Lo que pasa es que mataron a mi papá”. No supe qué decir. Estaba comiendo tacos. ¿Qué puedo decir cuando estoy devorando un perro o gato callejero en tortilla de maíz? Chingar a su madre. Me quedé callado. “¿Puedes venir?”.

-

Tori me dio la dirección de casa de sus tíos. Llegué a eso de las cuatro. La abracé. Lo que no supe hasta después es que el tío cometió una imprudencia: llamó a la otra familia del padre de Tori. Por fin se conocían. Les valió madre antes de cagarla con mi presencia. Había rencores, pero todo estaba bajo control. De pronto, Romani salió del baño, todavía drogada y confundida. Se me acercó no sin antes decirme “qué rico me la metiste, vamos al baño” enfrente de Tori. Todo valió madre. Eran medias hermanas y acababan de conocerse. Tampoco se la había metido, pero quién iba a creerme en medio de una muerte más importante que mi fidelidad. Hubo gritos. También golpes. Es lo último que supe de ella. Al día siguiente, el primero del año, regresé crudo a trabajar. Seguro Raúl se la pasó bien en Irapuato.

______________________________________________________________________________________________________

*Julián Álvarez es licenciado en sociología. Ha ganado un par de premios literarios con pseudónimos como “Julián Álvarez” y “Silvina Lozano”. Vivió gran parte de su vida en Nuevo León, pero ahora disfruta de Querétaro por su clima y porque huele menos a fútbol en los sábados.

Popularity: 3% [?]

1 Comentario

Dejar una respuesta

— required *

— required *