Uncategorized — Domingo, 16 de octubre del 2011 10:42 pm

Don Miguel y la plaza de palabras

Escrito por

Por Gilberto P. Miranda

 

(Escrito el viernes 14 de octubre, tras publicarse la última “Plaza Pública del Maestro Granados Chapa)

 

“Más vale una palabra a tiempo que cien a destiempo.”

-Miguel de Cervantes Saavedra

 

Hoy, 14 de octubre de 2011, se ha retirado Miguel Ángel Granados Chapa, una de las plumas más incisivas y precisas del periodismo mexicano. Profundo conocedor del sistema político mexicano (en sus capas formales e informales), defendió decididamente su propósito de “hacer públicos los asuntos públicos, que no son coto de los políticos”. En dicha frase explicaba la razón de ser de su columna “Plaza Pública”, que publicó desde 1977 hasta el día de hoy en diversos espacios.

 

El hombre que hoy carga ya 70 años de vida y problemas de salud cuenta con una carrera notable: Subdirector editorial de Excelsior y Director de Proceso en los 70, director de La Jornada a fines de los 80, Consejero General del IFE y candidato a Gobernador de Hidalgo –su estado natal en los 90. Recibió 3 veces el premio nacional de periodismo y en 2008 el Senado de la República le otorgó la Medalla Belisario Domínguez, su máximo reconocimiento que en su momento recibieran figuras como Antonio Díaz Soto y Gama, Javier Barros Sierra, Jaime Sabines, Rufino Tamayo, Miguel de León-Portilla y Carlos Fuentes.

 

Don Miguel ha escrito hoy al cierre de su última columna: “Ésta es la última vez en que nos encontramos. Con esa convicción digo adiós”. Un hombre de convicciones lo es en todo momento, incluida la despedida, que, sin duda, habrá tenido su enorme dificultad y dolor al desprenderse de uno de los oficios más bellos del mundo como es el periodismo.

 

Alguna vez dijo que “el periodismo es como las artes o la investigación científica que reclaman la entrega. Son tareas que no se cumplen con horarios. Debe existir una búsqueda de mejoría en la realización del trabajo. El periodismo es una búsqueda permanente”

 

La entrega no es solamente izar las velas de la voluntad, sino el trabajo profundo que implican los dos grandes oficios del periodista integral: conseguir la información y datos más valiosos, y luego interpretarlos. El valor del análisis, la lectura entre líneas, las entrañas de acciones confusas, simuladoras, de multiplicidad de intereses y complicidades como las que se dan en el complejísimo entramado de la política mexicana.

 

De particular importancia es lo anterior, porque no solo importa que las palabras, las ideas lleguen a tiempo, sino que además estén llenas de sustancia, cosa que el Maestro Granados Chapa ha advertido en diversas ocasiones al hablar sobre la actualidad del periodismo, donde la velocidad de la información y la enorme multiplicidad de plataformas y emisores y receptores ensancha, casi desdibuja sus fronteras; pero en esa misma dinámica, se corre el riesgo de quedarse en la superficialidad, en la caducidad de una nota poco explorada para saltar a otra, en la baja capacidad de análisis que al final del día no contribuya a una comprensión profunda del problema tratado.

 

Pero detrás de todo eso, está el propósito: informar, verbo que debe entenderse en su sentido más amplio, profundo y, sobre todo, incluyente: informarnos a todos sobre aquello que nos compete como ciudadanos, que compete al país como la unidad –muchas veces contradictoria- que compartimos. Alguna vez le preguntaron al periodista por qué nombró su columna “Plaza Pública” y respondió: “Porque es la idea que yo tengo del periodismo: un lugar de encuentro con la gente como ocurre en el Zócalo”.

 

Esa es quizá la idea más pura del oficio: no se trata de escribir solamente por dejar constancia de los días que nos toca transitar, ni con la intención de ser materia que contribuya a decidir el siguiente movimiento en el tablero de los implicados; la más noble y alta de las intenciones que puede tener el periodismo es la recuperación de lo público, es distribuir el poder entre todos, es abrir puertas y ventanas, es un esfuerzo por evitar que el poder se concentre y regrese a los anchos espacios donde debemos estar todos como los iguales que en ideas y conceptos hemos definido que supuestamente somos.

 

No tengo la pretensión de considerarme parte total de este bello oficio, pero sí apasionado ocasional que espera mantener siempre las manos cerca de las palabras. El retiro de Don Miguel es una gran pérdida para la vida nacional, pero también una celebración y una reivindicación de la dignidad y la integridad, de la grandeza del propósito que un oficio, una acción persigue. Y eso vale, eso se celebra.

 

Quizá la mayor reflexión que me deja el inesperado adiós del periodista de cana barba y tranquila voz sea que el periodismo -aún ante la crudeza, la ignominia, la podredumbre a la que hace frente- no se desprende de la esperanza.

 

El penúltimo párrafo de su última columna reza: “Es deseable que el espíritu impulse a la música y otras artes y ciencias, y otras formas de hacer que renazca la vida permitan a nuestro País escapar de la pudrición que no es destino inexorable. Sé que es un deseo pueril, ingenuo, pero en él creo, pues he visto que esa mutación se concrete.” Sus palabras seguirán ahí, en la plaza, donde estamos todos.

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