Arte y Cultura — Martes, 27 de septiembre del 2011 10:23 pm

Crónicas de tangas: la homicida del verde gabán

Escrito por

"Pintar el Quijote" (Fuente: pintardibujo.com)

Por Julián Álvarez*

 

Cuando no hay dinero para coger, siempre existe una alternativa barata, mejor si es en completa indiferencia o, si lo prefieren, cuando uno menos se da cuenta. La neta los bares de alunizaje, como se les conoce sin nombre real a aquellos donde las bailarinas llegan después de trabajar, son uno de los mejores inventos del hombre. Todos tienen una hora pico o una hora efectiva para poder coger al módico precio de empedar más a una mina o traer consigo restos de droga que no fueron usadas o que por casualidad alguien te lo regaló un día de mala racha. Así me pasó los primeros días de desempleo antes de graduarme de la carrera en sociología. Tomé la decisión de suspender mis estudios un semestre después de perder una de las tantas segundas infancias que perdemos todos los hombres. Las encuestas, sobre todo las de política, están arregladas. Hay de dos: la empresa cambia los resultados o, a pesar de la honestidad del proyecto, uno llega a un gallinero de corrupción que ya está vendido a un postor externo para imponer un proyecto de modernidad que el pueblo desconoce. Hoy veo encuestas presidenciales y no me queda otra cosa que decir: tengo inmensas ganas de coger con la furia de un tlacuache melancólico.

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Mike, mi carnal del alma, a quien dedico esta crónica al cumplirse un año de su muerte cuando salió de un bar y fue atropellado por la ruta que solía tomar, se acercó a mí uno de los peores días de depresión. Tomamos poco, no tenía dinero para gastar, mis padres no acertaban todavía en ayudarme después de dejar también mi trabajo vendiendo tacos en las tardes (siempre tuve una pesadilla donde lo hacía casa por casa con salsa en un bote de leche lala). El dueño del lugar ya nos conocía y nos tuvo paciencia toda la noche a pesar de no estar tomando como de costumbre.

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Mike, en su puta sabiduría de muerciélago urbano, me dio la mano para despedirse. “Échate una vuelta al Sumerio Escarlata. Llévate esto y ten para el hotel”. De no haber muerto, Mike habría comprobado seguramente como sociólogo lo innecesario y absurdo de la microbiología molecular para explicar el comportamiento de las culturas. Siempre decía que solo era una percepción novedosa. El resultado se podía explicar sin sustancias. Todo estaba en la moral o la moral de la ciencia. Pagamos la cuenta y cada quien se fue por su lado. El Sumerio Escarlata era un bar que existía hace mucho. Lo cerraron porque el dueño era extorsionado y consideró más rentable el negocio de los tacos. Ahí iban casi todas las teiboleras de la zona, muchas de ellas compañeras, sentadas en una esquina o cazando hombres en la barra para poder pedirles droga o un trago a menor precio que el obligado en la pista. “No pierdo nada. Puede que gane gonorrea, pero no pierdo nada con arrimarme al Sumelata”, como le decíamos al abreviarlo.

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No pasaron dos minutos que llegué al bar y una mujer se me acercó para pedir que le invitara una cerveza. Le decían la Botarga porque le gustaba coger con hombres que se vestían de botargas: una vez salió con un hombre-paquete de salchichas fud, pero la más memorable fue con el doctor simi. Dicen, no les creo, que se la mamó así con todo y traje. Fue la escena más graciosa de toda la avenida Pino Suárez que muchos han visto jamás. Una puta jalando una bortaga rumbo al hotel. Le llamaba “la homicida del verde gabán” porque se apellida Miranda y uno de sus hijos de llama Diego (como Diego de Miranda), además de que vestía un gabán verde oscuro, no del estilo lombardo como en la novela de Cervantes, pero sí del estilo moderno, de esos que usan en invierno, en especial cerca de las fiestas de navidad. Todo iba bien. Era seguro que me la iba a taladrar si es que me quedaban fuerzas y un poco de M-Force en la chamarra.

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“¿Tienes pase?”, me dijo y todo iba a mejorar. “Me gusta un chingo el pase, me dan ganas de clavarte la verga en la cara para que te mueras de placer, papito”. Pensé en una película porno, pero en gore, con Nicolas Cage como el transexual en discordia, bajo un telón popular como la Guerra de las Galaxias o Los Diez Mandamientos. Seguramente, ya me ganaron las ideas. No siempre se puede hacer una buena parodia con los nombres. “Los diez cagamientos”, “La güera de las galaxias”. Ninguno me gusta. Bueno, la Güera está muy buena si sale Mickey Rourke como Obiwan Kenobi y un doble de Carlos Salinas de Gortari como Yoda. Mike era un buen amigo, por eso me apretó la mano en el bar para darme unas dosis de perico. Con eso era suficiente.

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Salimos al hotel. Todo iba de maravilla hasta que ella perdió el control con un mal chiste improvisado “¿le tienes miedo a tu verguita? Porque parece que quieres que te la arranque a toda prisa con la lengua”. Al momento de metérsela en la boca vomitó encima de mí. Tenía la uretra llena de trozos de algo, como si hubiera comido elote o doritos con queso, en alguna hora de la tarde. Al menos no era de otro color. Se metió a bañar, tomó después un taxi y me quedé con el hedor de los elotes. No podía caer más bajo. Al día siguiente busqué trabajo. Lo hice un tiempo de mesero para poder recuperarme. Cuando mirada los granos de sal en la mesa, podía recordar su gabán limpiándome la heridas del ácido estomacal.

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*Julián Álvarez es licenciado en sociología. Ha ganado un par de premios literarios con pseudónimos como “Julián Álvarez” y “Silvina Lozano”. Vivió gran parte de su vida en Nuevo León, pero ahora disfruta de Querétaro por su clima y porque huele menos a fútbol en los sábados.

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