Arte y Cultura — Miércoles, 29 de junio del 2011 11:04 pm

Spinoza

Escrito por

"Baruch Spinoza" (Fuente: morbleu.com)

Por Eduardo Zeind Palafox*


Los literatos y los místicos alemanes del siglo XVIII, se torturaban con abstracciones y con filosofías inútiles que no producían sino confusiones, mientras que los ingleses, siempre prácticos, avanzaban más rápido en los problemas de la vida. Ejemplo de ello, sus economistas. El poeta Goethe tenía plena consciencia de lo anterior y prefería, por ello, escribir poesías de ocasión, poesías que tuvieran utilidad, que nos sacaran de apuros y que no nos hicieran perder valiosas horas, como lo hacen los textos de Fichte o de Platten.

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Goethe advertía, en la poesía de Schiller, un exceso de filosofía. La poesía, de por sí, es abstracta. La poesía, mezclada con la filosofía, se hace imposible de leer. Cada soneto que vemos nacer, es un mundo en sí mismo. Mientras que para Calderón de la Barca una flor era como un reloj con el cual medir el tiempo de la vida, para Sor Juana una flor era algo expuesto al viento y a los avatares del destino. Cada poema representa una filosofía.

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Cuando un poeta como Jorge Luis Borges, que se caracterizaba por dominar el estilo clásico sin perder, por ello, la chispa de la fantasía, la sombra de lo misterioso o lo inexorable de lo fantástico, escribe sobre un filósofo en el que abundan las imágenes metafísicas, las ilusiones, las ficciones éticas y la potencia intelectual, nace éso a lo que llamo Filosofía de Bolsillo. Con esta filosofía podemos viajar y hasta podemos sacarla cuando nos haga falta, como cuando Thomas Mann sacaba sus tomitos de El Quijote para encontrar en La Novela el sosiego requerido, pues en ella está retratado el mundo.

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El erudito Paul Valéry sostenía que los poetas superiores, como el mismo Borges, son aquéllos con la capacidad para captar o retratar, fuertemente y con sus palabras, lo que apenas entrevieron o percibieron con el espíritu. Resulta maravilloso el imaginar qué es lo que sucede cuando un poeta mayor, como el argentino, capta la filosofía del judío Spinoza para transformarla en un ser lleno de ritmo, es decir, apto para la memoria, como lo es un soneto.

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Llevar en la memoria el soneto borgesiano llamado Spinoza, escrito por el amante del sajón, de Heine y de lo complejo, es como portar la filosofía de Spinoza en nuestro bolsillo. Pero esta filosofía no es apta para cualquier tipo de pantalón. Quien sueñe con ser el dueño de semejante arma, primero tendrá que desechar sus pertenencias de infante. Ideas de juguete, melosas imágenes, creencias de piedra o mugre intelectual, saldrán de los bolsillos para que

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“Las traslúcidas manos del judío”

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encuentren en dónde calentarse y refugiarse del duro trabajo del escritor que busca la verdad, el cual consiste en desanudar los complicados enigmas humanos y en deletrear, con paciencia, cada una de las ideas que nos llegan a desviar de nuestro destino, que es el de crear cosas bellas y sagradas.

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Cuando Borges escribió “traslúcidas manos”, creo que estaba hablando sobre la necesidad de la búsqueda de la transparencia, de ciertas nociones aristocráticas y además, de algunos rasgos raciales. En el soneto, podemos darnos cuenta de que la condición de judío, en Spinoza, era digna de ser señalada para Borges. En la palabra “judío” hay una carga de electrones históricos, de neutrones intelectuales y de protones nacionalistas que forman el polvo del que estaba hecho nuestro escritor.

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De este verso, como lo hacen los ingleses, podemos extraer tres magníficas y útiles ideas para nuestra vida diaria. La primera de ellas, es la idea de la honestidad que debe de demostrar todo intelectual. Un intelectual, es un hombre preocupado, en primer término, por dejar las cosas que piensa en claro. Y para dejar un pensamiento blanqueado, hace falta el ensuciarse las manos, pero sin que éstas dejen de ser “traslúcidas”. La segunda idea, es la de la historia. Los grandes acontecimientos que se le presentan a un pueblo, configuran su lenguaje, sus mitos y sus filosofías. La tercera idea implícita en este simple pero hermoso verso inicial, es la de la fijación del poeta por las manos de Spinoza. No se olvide jamás que es gracias a las manos que nuestra inteligencia tiene cabida en este mundo, pues son las que

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“labran en la penumbra los cristales”

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así como los espejos y los problemas que a veces nos impiden observar no únicamente la esencia, sino las ocurrencias de lo que existe. El hombre tiene que labrar su destino con las manos y con los materiales que le ha tocado recolectar durante su estancia en el planeta. La secta de los poetas, es un grupúsculo dedicado a la creación de estos materiales o instrumentos, con los que cada quien se abre paso en el laberinto del tiempo. Pero los poetas no saben quién será el que recoja sus enseñanzas.

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Y a pesar de que los poetas escriban sin pensar en quiénes serán sus lectores, cada verso o cada poesía que engendran, encuentra su destino en la multitud de los hombres por una especie de “afinidad electiva”. Tenemos noticias de que hay versos románticos, acuñados para hombres de baja estirpe intelectual. Esta clase de lectores, se caracteriza por pregonar una seguridad que cruza la línea en la cual empieza la estulticia.

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También existen los versos complicados, llenos de metáforas y de ideales. Estas poesías, están condenadas a pasar sus años en la memoria de los hombres brillantes, aunque estos hombres jamás superen la barrera de la contradicción. Y tenemos, en letras de oro, los versos clásicos, que tanto pueden significarlo todo como pueden no decirnos nada por su lejanía. Borges escribió, como Goethe, pensando en los griegos y en la gallardía de los romanos. Cuando leemos las poesías de Borges, sentimos el alma de Grecia cruzarnos el espíritu, mientras que al abandonar su lectura, sentimos que

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“la tarde que muere es miedo y frío”

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y que el fantasma de Catón nos ha dejado de hablar y que nuestra existencia ya no corre paralela a las vidas a las que dedicaron sus plumas personajes como Plutarco, Shakespeare o Cervantes. Los antiguos, y Borges también, poseían una magnífica capacidad para separar los sentimientos viriles del sentimentalismo. Cuando recito el soneto en silencio e imagino cómo, al atardecer los griegos, los romanos y hasta el mismo Napoleón, al que conocí por Stendhal, sentían que algo se les escapaba, no puedo evitar el evocar lo que dijo cierta vez Plutarco, al afirmar que “el arrepentimiento hace indecoroso lo más honestamente ejecutado”.

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A sabiendas de esto, Borges le dio a Spinoza un atuendo antiguo para que pudiera enfrentar el miedo y el frío que produce el ignorar si mañana nos arrepentiremos de nuestros actos. Y es que este temor no puede ser aprehendido como lo hacemos con los demás asuntos humanos. Spinoza afirmaba, por ejemplo, que la ilusión del libre albedrío consiste en que ignoramos las causas por las cuales actuamos. El arrepentimiento, ésa regresión constante a un punto fijo, para usar la prosa de Freud, es como un lago congelado en el que todos se resbalan y en el que nadie quiere examinar la profundidad con la que cuenta ni los tipos de vida que ahí yacen. Sumergirse en el lago del arrepentimiento, es arriesgarse a morir congelado de miedo, pues tal vez, ahí adentro y como entre paréntesis,

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“(Las tardes a las tardes son iguales)”

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y todo se mantiene en un constante flujo de las mismas cosas e ignorancias, si nos es válido combinar las filosofías de Heráclito y de Nietzsche, que no nos resultarían tan contrarias en un mundo en el que

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“Las manos y el espacio de jacinto”

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pudieran ser entes percibidos por todos y bajo una misma filosofía o dialéctica, como Goethe, que sin saberlo fundía el mundo mineral con el mundo de la poesía y de los colores, produciendo, así, una especie de antesala para el cosmos en el que Borges viviría en el siglo XX. Este soneto, dedicado a uno de los filósofos más importantes en nuestro pensamiento europeo, plantea el problema de saber a quién le convendría más adueñárselo, si a los románticos, a los clásicos o a los científicos. Esta Filosofía de Bolsillo, también puede serle de utilidad al ignorante, al pobre o al artista, pues las gemas cosmológicas, económicas y estoicas que Borges urdió en su poesía, les convienen a estos tres especímenes humanos para salir adelante en un mundo en el que progresar se ha hecho casi imposible.

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En un monólogo de La vida es sueño, se habla de reyes ignorantes, de pobres que medran y del arte de soñar, así como de un hombre, llamado Segismundo,

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“que palidece en el confín del Ghetto”,

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que sueña con otro estado de cosas sin llegar a comprender, del todo, la circunstancia que le envuelve, rindiéndose ante los hechos y ante el frenesí por no contar con una filosofía a la mano, actitud contraria a los consejos que daban los griegos. Cuando este soneto es utilizado por los pobres, éste pasa de ser una obra de arte a ser un simple paliativo o una herramienta. Y cuando el arte se hace útil, es decir, necesario, o mejor dicho, necio, empieza a relacionarse con el mundo y a perder su divinidad, a diluirse, a palidecer, como dicen los versos de Borges, “en el confín del Ghetto”.

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Si la poesía es memorizada por la clase burguesa, también se desmerece, porque al ser el poema algo trascendental en medio del movimiento fabril o de un mundo en el que impera la preocupación por el desgaste, deja de ser contemplada o alimentada para ser repintada, y así, sus versos,

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“casi no existen para el hombre quieto”

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en su costumbre y en su agitada vida, en la que detenerse a contemplar una obra de arte, implica violentar el ambiente y tal vez, ser castigado. En cambio, cuando la poesía es memorizada por personas de valía y que han sido educadas bajo las ideas de Virgilio, de Ovidio, de Homero o de Aristóteles, la poesía es, además de enriquecida, colocada como un objeto ligero, alado y sagrado, según la sentencia platónica que nos explica el arte poético de los juglares. Este soneto, inspirado en la filosofía de Spinoza, es como un jacinto, como una pieza que hay que saber apreciar, portar y aprovechar para que su ser encuentre una plena realización, para que el hombre que le mire sienta

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“que está soñando un claro laberinto”

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y encuentre en él lo que Borges entendía al pensar en la palabra “origen” y sepa, a fuerza de una gramática fenoménica y luminosa, cómo afrontar las dificultades de la ciencia que es la vida. El mismo Borges jamás dejó de remitirse hasta sus orígenes cuando se veía acosado por problemas psicológicos o literarios. De aquí que en el soneto que hizo para el judío, encontremos ciertos dejos de un tono sajón y antiguo, de un tono similar al de un Adán inglés hablando y contemplando “la luna de las noches”, como dice un verso dedicado a Kodama.

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Cuando recuerdo el Spinoza de Borges, también recuerdo la poesía con la que Huxley abre su Contrapunto, de Fulke Greville, poeta del XVI y que inicia con una queja de esta cepa:

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“Tediosa es la condición de humano,

naces bajo una ley y

a otra te descubres ligado,

vanamente te engendran,

pero tienes prohibido el ser vano,

enfermo te han creado y veste compelido

a estar sano”

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Me parece que, cuando el ciego admirador de Evaristo Carriego escribía, se sentía como Homero o como Milton, lleno de tedio, de confusión, pero destinado a grandes empresas. Como buen ciego, éste nos deja ver en su soneto varias referencias hacia la luz, hacia los espejismos del jacinto, hacia la penumbra, los cristales y los sueños, símbolos de una vida llena del alma. Y para que toda esta soledad no impidiera que el artista siguiera escribiendo, fue necesario que se le educara del mismo modo en el que Aristóteles educó a Alejandro, bajo los sólidos principios de la justicia, de la prudencia, de la fuerza, de la templanza, de la ciencia, de la inteligencia y de la sabiduría, pues sólo a esta clase de hombre

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“No lo turba la fama, ese reflejo

de sueños en el sueño de otro espejo,

ni el temeroso amor de las doncellas”.

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Borges, como el “ilimitado nombre de Shakespeare”, como el viejo inglés Athelstan, como Spinoza o como el duro Walter Scott, fue un místico que racionalizaba los secretos de la literatura para darles una forma asequible. Es admirable cómo el poeta transforma a la fama, que no es sino la opinión pública dirigida hacia ciertas personas o lugares, en un simple reflejo, copia, clon o pintura de otro reflejo que también se está viendo reflejado en un rostro humano. Tenemos que la fama es un reflejo infinito, similar al “temeroso amor de las doncellas”, las cuales siempre están pensando en cómo su amado las imagina, costumbre que las termina confundiendo, en tanto que el poeta es un ser que está

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“Libre de la metáfora y del mito”

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y que

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“labra un arduo cristal: el infinito

mapa de Aquél que es todas sus estrellas”,

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pues los poetas son como el Dios que imaginaba Mahoma, un ente “a prueba de contrarios”, según nos cuenta un verso de Cervantes, del cual se puede afirmar que tiene una visión perspicua del Todo, facsímil a la visión que tenía Lord Byron, una de las lecturas preferidas de los antepasados del realmente inglés, Jorge Luis Borges.

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*Eduardo Zeind Palafox, Redactor Publicitario y escritor.
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