Arte y Cultura — Jueves, 10 de junio del 2010 3:50 am

The Cove (2009): “Suprematismo cetáceo”

Escrito por

Fotografía: "The Cove y la entrega del Oscar" (Eco Diario Cine)

Por Aristarco de Carradine

“No matas lo suficiente. ¿Qué no comes berenjenas y pimienta?”
- Libro del Bushido

Es cierto que la inteligencia permite a los animales poseer una mayor consciencia. Y también es verdad que a mayor nivel de inteligencia, mayor nivel de sufrimiento. ¿Sería ético el tener en mejor estima a los seres vivos con mayor intelecto? ¿Confiere acaso la inteligencia una mayor importancia a las creaturas del ecosistema a nivel global? El último documental ganador del Oscar eso parece sugerir.

The Cove es dirigido por un fotógrafo del National Geographic con delirios de grandeza y muchas conexiones en todo Hollywood. El director Louie Psihoyos convivió algunos años con un grupo de ambientalistas guiados por Ric O’Barry, extraordinario amante de los delfines. El equipo tenía el objetivo de capturar en imágenes la matanza de defines en las costas de Taiji, Japón. Según reportes, había especulación sobre sangrientos sucesos en el país nipón, pero nada se había podido comprobar debido a la intención del gobierno japonés por mantener todo bajo las sombras.

Estos ambientalistas se han atrevido a llegar así de lejos gracias al tesón de O’Barry, quien desde los años sesenta ayudó a formar el negocio de la domesticación cetácea. Lo malo fue que con el tiempo se dio cuenta de la terrible esclavitud en la que vivían los delfines y ballenas una vez que los adoptan para el cautiverio.  Aquí se menciona sobre el dato de que estos mamíferos no respiran innatamente, sino que cada respiro es un acto consciente, de modo que si el delfín no tiene una razón suficiente para vivir, llegará un momento en el que no querrá dar la siguiente inhalación. Semejante desmoralización fue lo que le sucedió a una de las mascotas de O`Barry, funcionando dicho “suicidio” como llamada de atención para el entrenador. De ahí en adelante, Ric se convirtió en todo un ambientalista que ayudaba a cualquier cetáceo en peligro. Supongo que una cosa sucedió después de otra. Y todo ello nos dirige de alguna manera a Taiji.

Según estadísticas de ambientalistas jipiosos, alrededor de 23,000 delfines y marsopas son asesinados anualmente en la subrepticia cala de Taiji. Ahí es en donde el Imperio del Japón acorrala a los pobrecillos mamíferos con tal de seleccionar a los que cumplen con el perfil de futuro egresado de Sea World y a los que simplemente venderán por su carne. Cada uno de los especímenes destinado a servir como lacayo cuesta aproximadamente 150,000 dólares americanos.

Cuando menciono que Psihoyos tiene muchas conexiones en Hollywood, vaya que no miento, pues el equipo de O’Barry hizo uso de todo tipo de artefactos con lo último en tecnología para capturar las imágenes anheladas de la manera más impactante, y, así, influir en la opinión pública para que toda esta vertedera de sangre termine. Después de todo, a O’Barry le remuerde la consciencia por haber sido él uno de los nefastos visionarios que vieron un negocio en los delfines. Todavía le duele más que estos animales, por ser muy inteligentes,  perciban el momento próximo de su muerte. Pues, según O’Barry y uno que otro científico, aún no se ha descubierto a ciencia cierta toda la lingüística que estos mamíferos usan para comunicarse debajo del agua. Se especula que con sólo uno de sus sonidos el animal pueda comunicar una gran cantidad de información. Esto puede ser cierto, y no deja de ser interesante. La tragedia es que la inteligencia se vuelve un arma de doble filo.

La cosa no termina ahí: sucede que, a causa de las exhalaciones del carbono en nuestra atmósfera, la contaminación ha ido incrementando el nivel de mercurio en la carne de algunos cetáceos. De acuerdo con los jipiosos del documental, la población nipona que consume esta carne aumenta el riesgo de que futuras generaciones nazcan con efectos secundarios (en otras palabras, con mutaciones genéticas de muy mal gusto.)

El filme de Psihoyos triunfa más que nada por la mezcla del documental con el sub-género caper (perteneciente al cine negro.) Tómese, por ejemplo, cuando el equipo de O’Barry se dispone a colocar cámaras e ilegalmente traspasar territorio prohibido, los integrantes parecen más bien rateros a punto de realizar un atraco bien planeado. El crimen es visto como un arte ilegal que a fin de cuentas salva vidas (mamíferas): y apuesto a que no hay nada mejor para el público de hoy que un moralista rebelde que quiere lograr algo bueno sin respectar las leyes.

Todas estas razones son las que O’Barry utiliza para justificar su cruzada y romper la ley en un país extranjero con tal de convertir a este mundo en uno mejor. Quién no esté con este señor es un insensible.

Admito ser uno de los que al ver rodar los créditos se compadeció de los sonrientes y amigables defines. Pero esta sensación duró poco, pues luego me percaté a tiempo de que se estaba tratando en The Cove un tema harto espinoso. La otra cara de la moneda en todo este asunto alude a la tradición japonesa de 400 años en la que se caza al delfín. Por eso es que nacionalistas japoneses han percibido negativamente el estreno de la película en su país. La cinta explica de manera muy vaga y poco convincente que a los japoneses se les ha propuesto que dejen de matar a los delfines a cambio de dinero (juntado a través de un sindicato), la cual ha sido rechazada por los pescadores. O’Barry menciona que los japoneses han visto a través de los años a todo tipo de cetáceos como una competencia en la cadena alimenticia, y que su nacionalismo (esto es, el nacionalismo japonés) es uno retrógrado que se satisface con rituales violentos. Y aquí es en donde creo que la película toca su punto negativo: The Cove, hasta cierto punto, es una prueba viva del aislamiento e incomprensión del mundo occidental. Accidentalmente, si se quiere. Aquello se ejemplifica con el hecho de la aplicación ideológica en las tradiciones de otros países. Puede que el sacrificio de algunos animales sea visto como un ritual en otros países y como algo horrible en EUA y Europa.

En defensa de los pescadores japoneses, añadiré que cada país tiene que recurrir a los medios que más se le faciliten para su manutención. Esto se refiere, entre muchas otras cosas, a los alimentos que tenga disponible en su territorio. Ahora, recordemos el dato de que Japón es una isla. ¿Cuál sería la conclusión más obvia para alimentar a la población? Los estadounidenses masacran gallinas y ganado bovino en masa, por no mencionar a otras especies; mientras que los canadienses optan por el exterminio masivo de la foca. Me parece a mí negativamente ambiguo que nunca se haga mención de la matanza de focas en Canadá, siendo que algunos de los integrantes del “atraco” provienen de aquel país. Y es que las cifras no tienen comparación: de vez en cuando se llegan a matar 250,000 focas al año. O’Barry opina que la consciencia e inteligencia marcan la diferencia, pero yo digo que se joda, que la cosa no es tan simple. Si nos referimos al ambientalismo, ¿por qué ponderar a un animal más por ser inteligentemente superior a otro? ¿El hecho de que ciertas acciones en los mamíferos sean innatas no significa que haya menor sufrimiento? Esta pregunta es difícil y revela a lo que me refiero al decir espinoso. Sin recurrir al sentimentalismo, creo que estamos violando aún más a la madre naturaleza en el caso de Canadá.

La peor escena sucede cuando un grupo de surfistas intentan bloquear el trabajo de los pescadores, mientras los primeros sollozan al fracasar y ver a un delfín agonizar. ¿Y con qué derecho el Oeste dictamina lo que es “bonito” o “feo” en un país extranjero? Habría que ver si la matanza en Taiji es sustentable, teniendo en cuenta el nivel de reproducción del delfín, cosa que no se menciona para nada en el documental. Lo más molesto de todo ello es ver a esa perra débil llorar mientras nos platica su melodrama cuando ve morir al animal.

No pongo en duda que se deba de investigar más a fondo en el tema, sin evadir cuestiones ambientales, culturales y político-económicas, aunque sí se pudo haber indagado muchísimo más en el tema.

Dicho lo dicho, me parece que el documental de Psihoyos es uno, cuando menos, original, con una mezcla docu-noiresca. En el transcurso de la cinta se muestran tomas increíbles, sobre todo las acuáticas que exhiben a los delfines en acción. Y no olvidemos tampoco los temas que se sacan a relucir. Mismos que podrían formar el inicio de una interesante discusión que esperemos no se desarrolle de manera tan asaz cortante como aquí.

Calificación: 7 de 10.

A pesar de que intentó no serlo, es melodramática y anti-nipona.

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2 Comentarios

  • Creo que es cierto que un hombre no tiene derecho a juzgar en un pais extranjero, pero Rick era entrenedor de delfines, y con el tiempo se dio cuenta del error que cometia por lo que esta tratando de enmendarlo. Ademas, si ni siquiera en Japon se conoce sobre esta “tradicion” entonces por que respetar algo que no existe y que solamente beneficia a los millonarios nipones?????

  • María, en cuanto que es verdad que Rick era un entrenador y había llegado a conocer de cerca a los delfines, no estoy de acuerdo con que él venga con un punto de vista, por ecológico y humanitario que sea, y lo use para denigrar a un país como Japón. Creo que estás muy del lado de Rick, quien ve las cosas de manera un tanto ingenua y simplona. Hablas como si las matanzas de delfines se hicieran para fines sadistas y no alimenticios. Si es cierto que no se muestran abiertamente en los medios de comunicación, creo que los mismo nipones ya lo sospechan, así como nosotros sospechamos que los animales que nos comemos no tuvieron una muerte feliz. Solo mira las matanzas de ganado bovino y porcino en EUA o a las de focas en Canadá, las cuales son aún más masivas y cruentas. Semejantes matanzas seguirán ocurriendo, sin importar cuántos documentales se saquen al respecto, ya que hay algo llamado necesidad humana.

    Pero todo esto no tiene nada de malo. Cada país recurre a los medios para subsistir más económicos a su alcance. Si algunos de estos no le gustan a Rick, pues es problema suyo, no de Japón. Me parece tendencioso decir que todo se hace en las sombras como medida lucrativa de hombres de negocios oportunistas. Creo que éste es uno de los puntos más débiles que hace el documental: el hecho de que si comes delfín en Japón, te dará cáncer. Muchas dudas salen a colación de esto: ¿Qué hay de los delfines en otros lugares del mundo, también son cancerígenos? ¿El ingerir delfín es la única razón por la que muchos ciudadanos tienen cierto nivel de cáncer en su sistema? No se ahondó lo suficiente en este argumento engañoso.

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